¿Cómo definimos una sensación?
Tal vez de la forma más simple, aquello que nos atraviesa.
Lo que nos estimula, nos inquieta, nos transforma.
A veces llega con calma, otras, con la intensidad suficiente para erizar la piel y recordarnos que seguimos vivos.
Y eso, en esencia, es la vida, una sucesión de sensaciones.
Algunas dulces, otras profundamente amargas.
El problema es que solemos querer únicamente las que nos hacen sentir bien, ignorando que son precisamente las incómodas las que terminan moldeando nuestro carácter.
Las sensaciones amargas suelen venir disfrazadas de errores.
Errores que consumen tiempo, paz y, en ocasiones, partes de nosotros mismos. Hay algunos que logramos corregir, otros simplemente aprendemos a cargar con ellos. Porque existen heridas que no desaparecen, solo se convierten en experiencia.
Y quizá la sensación más difícil de todas sea encontrarte frente a alguien, reconocer que fallaste, y aun así sentir exactamente lo mismo que sentías antes. Ahí entiendes que el tiempo no siempre modifica las emociones, a veces solo nos obliga a convivir con ellas de una manera más silenciosa.
Entonces, ¿qué intento decir con todo esto?
Que tienes que aprender a soltar.
Pero soltar no significa olvidar ni actuar como si nada hubiese ocurrido.
Soltar también es permitirte sentir, llorar, quebrarte, enfrentarte a tus propios pensamientos y aceptar la responsabilidad de aquello que hiciste o permitiste.
Porque el crecimiento no nace de evitar el dolor, sino de comprenderlo.
Dicen que “el diablo sabe más por viejo que por diablo”, y detrás de esa frase existe una verdad incómoda, la experiencia no se hereda ni se explica, se adquiere.
A través de caídas, pérdidas, errores y cicatrices.
Al final, los errores y las sensaciones siempre irán de la mano.
Porque muchas veces son precisamente las sensaciones más dolorosas las que terminan enseñándonos quiénes somos realmente.