No siempre vas a comprender lo que te sucede.
Ni por qué ocurrió.
Ni siquiera por qué, aun teniendo claridad, tu mente te sabotea y las emociones se entrelazan sin consentimiento.
Puedes resguardarte detrás de pensamientos que te convencen de que estás en paz.
Puedes distraerte, evadir… anestesiar el instante.
Pero al final del día, cuando todo se silencia y te enfrentas a ti mismo, ese desorden reaparece.
Y lo hace con mayor intensidad.
Porque nunca desapareció… solo lo suspendiste.
Dicen en la Ley de conservación de la energía que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.
Y así ocurre con lo que sientes: lo que no enfrentas, inevitablemente encuentra otra vía de manifestarse.
Entonces la pregunta no es qué te ocurre…
sino qué te está limitando.
¿Qué temor le tienes al sacrificio que exige tu propia evolución?
¿Por qué te aferras a una zona de confort que no es negativa… pero tampoco representa tu máximo potencial?
Somos humanos.
Fallamos.
Erramos.
Y aun así, nos corresponde convivir con nosotros mismos cada día.
Pero quizá no se trata de cargar con los errores…
sino de comprenderlos.
De convertirlos en aprendizaje.
Y si existe algo que puedes reparar: hazlo.
Si debes pedir perdón: hazlo.
Si debes confrontar: enfréntalo.
Porque al final, todo tiene peso.
Todo retorna.
Todo permanece en nosotros.